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Historia Publication logo Agosto 2, 2022

El Curioso Caso del Mercurio de Tayikistán

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An aerial overview of a deforested area contaminated with mercury in Brazil.
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Uncovering the origin and the traffic of the mercury used for gold mining in the Amazon Forest.

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Revista LATE, 2022.

Tomo un bus desde la moderna estación de Tashkent, capital de Uzbekistán, rumbo a Khujand, en Tayikistán; ex repúblicas soviéticas de Asia central ambas. Son cinco horas de ondulaciones con poca vegetación entre dos estaciones milenarias de la Ruta de la Seda. Voy entre los valles que trasegaron miles de camellos en caravana con mercaderes sentados entre dos jorobas. En teoría, la ruta funcionó por 1500 años, desde antes de Cristo hasta 1453. Pero el tráfico no se ha detenido. Ahora son camiones los que llevan mercancías. ¿Desapareció alguna vez la Ruta de la Seda? 

El Occidente de raíz grecorromana suele ser esencialista: creemos que para que algo sea auténtico, debe no cambiar. Esto incluye la cultura: si viajamos a un lugar que suponemos antiguo —y además queda en Asia—, esperamos que su gente vista como antaño, viva entre adobes y templos que no se han modificado; que en el bazar se fabrique a mano y no suene música de hoy. En otro caso, la Ruta de la Seda habrá “perdido su esencia”. 

Pero si sobre una tarima se baila danza tradicional con tules de colores y tienen el camello atado para la foto, es “demasiado turístico”. Occidente no se pone de acuerdo consigo mismo sobre lo que quiere ver. O sí, sueña con una caravana de verdad con beduinos de verdad yendo a pasar la noche al caravasar frente al fuego. O, al menos, ver un zoco islámico que parezca antiguo (a veces se cumple). 


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La Ruta de la Seda soñada, idealizada y prefigurada en pinturas antiguas, no existe más. Es actual y moderna: en el bazar el vendedor sale menos de su tienda al acoso del comprador, porque está sumergido en Internet. Los bazares mantienen la estructura techada con cubículos donde rige el regateo. Y, por sobre todo, se sigue traficando: los productos —seda incluida— van de una ciudad a otra; de un país a otro. Esta es la ruta auténtica, la de hoy, la de la seda con celular. Y con productos industriales y camiones, esos que veo pasar en caravana por la carretera. El intercambio milenario amplió horizontes y se sofisticó. Las mercaderías viajan en barco y avión, más lejos. Entre ellas está el mercurio, la razón que me trajo a Tayikistán.

El bus llega a Kujhand a las 12 de la noche; no a la estación, sino al depósito de los vehículos, en las afueras, en medio de la nada. A todos los esperan coches, menos a mí. Un señor calvo, maleta en mano, me mira. Le dice algo a su acompañante sobre el “americansky” y me invita a subir. Me dejan en el hotel.

Hasta hace dos días nunca había oído hablar de Kujhand; era una mera parada técnica. La veo como una ciudad más, cruzada por un río, no muy distinta a tantas otras de Asia central o de mi mundo. La principal diferencia es que, como otras de la Ruta de la Seda, gran parte de sus calles son angostas y curvas, un laberinto sin la cuadrícula occidental. Sus casas nuevas se levantaron sobre la planta medieval con cimientos milenarios. Y están las rectas avenidas, claro. 

Pero al visitar el museo del Fuerte de Kujhand la mañana siguiente, cambia la perspectiva: hace 2600 años fue conquistada por el persa Ciro el Grande, luego por Alejandro Magno, por los árabes del siglo VIII que la islamizaron a cuchillo, por Genghis Khan que la destruyó en el 1220, por Tamerlán en siglo XIV, por zaristas del siglo XIX y bolcheviques del siglo XX que la reconstruyeron y secularizaron (se llamó Leninabad).

Por la tarde parto rumbo a Dushambé, capital de Tayikistán.  

No hay buses: la angosta, ondulada y escarpada ruta se considera peligrosa. Taxis compartidos se aglomeran en cuatro esquinas. Diez choferes se me abalanzan vociferando “Dushambé” y dos agarran la manija de mi maleta. No la suelto, forcejeamos y se rompe. Sé el precio de antemano —100.000 somoni, unos 9 dólares— y uno de ellos acepta sin regatear. Los derrotados discuten con él y parecen a punto de pelear; pero de inmediato ríen juntos otra vez. 

A bordo nadie habla palabra de inglés ni tendrían por qué. Uso el traductor de Google para preguntar si en la región minera de Anzob, que estamos por atravesar, se produce mercurio. Los tres que me acompañan dicen “no” y el chofer “sí” (“da”, en ruso). Mi compañero de asiento, teléfono mediante, cuenta que estudió “artes militares” en Rusia. Y me muestra videos disparando la Kalashnikov cuerpo a tierra en la nieve. Dice que es nivel 5 en tiro (asumo que es alto) y me muestra el pasaporte: viene de Uzbekistán, donde consiguió visa para irse a Londres. En Asia central gran parte de la juventud piensa en emigrar.


En 2020 Tajikistan fue el principal exportador de mercurio del mundo y en 2021 Rusia fue el principal exportador de ese metal hacia Bolivia. Sin embargo, para Marcos Orellana, Relator Especial de Naciones Unidas sobre sustancias peligrosas y desechos tóxicos, el mercurio que Rusia vende no se produce allí sino que podría provenir de Asia Central. Le preguntamos a Orellana si Tajikistan es una de esas fuentes. 

– Es muy posible que el mercurio que está siendo exportado por Rusia venga de Tayikistán y tal vez otros. Recordemos que ni Tayikistán ni Rusia son parte del Convenio de Minamata y por lo tanto no están sujetos a los controles que ese Convenio prevé para el mercurio, y esto habla de una de las falencias del convenio, no están sujetos a las mismas obligaciones que si fueran parte, entonces hay una falencia en el control y en la información de aduanas.


Un objetivo secundario, casi banal, del viaje, es atravesar el Túnel de la Muerte. Pregunto a bordo, pero nadie ha oído hablar de él. Ni siquiera el chofer, que lo cruza dos veces casi todos los días y está vivo. 

Llegamos a la boca del túnel en plena noche; pido que nos detengamos y bajo. Del interior brota una especie de neblina, que en realidad es humo. Oigo el rugido constante de lo que me parece un Godzilla. Me asomo y una gran masa oscura con dos focos frontales corre hacia mí como un monstruo desbocado. 


El famoso “tunel de la muerte” construído por Irán. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE. Tayikistán, 2022.

El Túnel de la Muerte (mote, por lo visto, occidental) se llama Túnel de Anzob y está en la carretera M34. Lo cavó la compañía iraní Sabir Co. como parte de un megaplan chino de conectar Irán, Afganistán, Tayikistán y China a través de un fluido tráfico de camiones. Es la estratégica Nueva Ruta de la Seda china. Antes, para unir las dos mayores ciudades del país, separadas por montañas, había que hacer un rodeo y subir hasta 3.400 metros de altura, un verdadero “paso de la muerte” en el que en 1997 una avalancha sepultó quince autos y mató a cuarenta y seis personas. 

En invierno se cortaba y el desvío se hacía aún mayor por Uzbekistán. Pero cuando había problemas políticos entre los dos países, los uzbekos cerraban el paso, lo que generaba colas de varios días. Tayikistán quedaba dividida en dos, comunicada sólo por avión. 

En 2002 comenzaron a excavar, a lo largo de 5040 metros de roca, en condiciones de frío extremo. Se inauguró de apuro en 2006, sin luces, sistema de ventilación ni drenaje. El pavimento inundado comenzó a romperse y se incumplió el plan de construir dos túneles; uno para cada sentido de circulación. En 2018 el túnel fue mejorado: agregaron luz y algo de ventilación, y pintaron líneas en el pavimento. Hoy se lo transita a toda velocidad a doble mano y los autos pasan a los camiones con arrojo suicida. No es distinto fuera del túnel: en cinco horas de viaje vi dos accidentes en la carretera. Pero el peligro es mayor adentro. Al haber curvas y transitarse a alta velocidad, la colisión se produce en cadena. Quien no muera del golpe, terminaría intoxicado o acaso asfixiado. 

Entramos a la boca del dragón y el chofer pasa un camión a toda velocidad, a pesar de que viene otro de frente. Lo hace con el mismo poco espacio y tiempo con que venía haciéndolo afuera, sin margen para el error. Avanzamos a través de una leve humareda y, aunque estamos en lo profundo de una montaña, un pasajero recibe una llamada. Pasa una ambulancia con luces azules y en 10 minutos salimos a la noche. 

Si no hubiese leído antes sobre el túnel, no habría notado nada demasiado raro.

Le temo más a la ruta; o al chofer, que intenta aumentar su productividad comunicando varias veces al día las dos ciudades. La M34 carece de iluminación y cada media hora hay un volantazo: rocas medianas han caído de la montaña y nadie se molesta en correrlas. De repente, alguien nos hace luces y frenamos. No es la policía —a la cual cada chofer le deja siempre un billete como pagando un peaje—, sino un pastor al frente de mil ovejas. Nos detenemos 15 minutos mientras van pasando apretaditas, sin salir del pavimento, arreadas con chiflidos por diez personas con palito y linterna. 

En Dushambé me alojo en un hostal habitado por estudiantes de Medicina pakistaníes. Uno me pregunta de dónde soy. Le digo, pone cara de circunspecto y solo se me ocurre el fútbol para ubicarme: 

—Messi, Maradona.

—Oh, yeah! Macedonia.


En una universidad de Kazajstán me dieron el contacto de Anvar Kodirov, director del Centro para el Desarrollo Tecnológico de la Academia Nacional de Ciencias. Le escribo para saber, de fuente oficial, dónde en Tayikistán se produce mercurio, y cuánto. Promete ayuda. Al día siguiente me explica por WhatsApp que “el Jefe de gabinete del Ministerio de Medios Masivos te manda a decir que el país produjo polvo de mercurio en tiempos de la URSS; pero ya no más”. Le propongo juntarnos para conversar, pero no es posible sin un permiso especial que debo tramitar en el Ministerio de Asuntos Exteriores: “Sin ese papel no podrás ir a ninguna organización estatal ni privada”.

Llegué a Tayikistán con algunos datos. Sé que en 2020 Bolivia importó algo más de un millón de dólares en mercurio desde aquí. El valor podría parecer pequeño, pero la cantidad de mineral es mucha y el daño ecológico de cada gotita es enorme. Según el Observatorio de la Complejidad Económica (OEC), Tayikistán fue en 2020 el primer exportador mundial de mercurio (6,05 millones de dólares, por delante de Emiratos Árabes Unidos, Rusia y México). En la Exposición Universal de Dubái 2020, el estand de este país promocionó el mercurio para potenciales socios comerciales. La embajada tayika en Alemania publicó que “las reservas más significativas de estos minerales se concentran en los yacimientos de Dzhizhikrut y Konchochskiy. Sobre la base de esas reservas del yacimiento de mercurio-antimonio… se está trabajando en la planta minera de Anzob”.


La mezquita de Dushambe. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE. Tayikistán, 2022.

Salgo a caminar el centro de Dushambé, que significa “lunes” en tayiko. Un antiguo bazar funciona. Recorro algunas avenidas arboladas, una plaza central llena de rosas rodeada por una monumental arquitectura de Gobierno y una universidad, todo con una modernidad que no es al estilo Dubái. Tiene perfil propio, diríase que islámico: edificios con sutiles arabescos en toda la fachada, figuras geométricas entrelazadas como en las mezquitas y ventanas con arco islámico de remate puntiagudo. La edificación más sofisticada en Asia central ha sido siempre la mezquita, donde las figuras de humanos, animales o cosas están prohibidas: sus intrincados patrones decorativos abstractos pasaron a la arquitectura civil. 

Más allá del centro, primero hay bloques de vivienda estilo soviético y después casas bajas. Es una ciudad limpia y segura.

Una medida del nivel de globalización en un país suele ser la ropa. En Dushambé casi todos los hombres que vi optaron por el vestir occidental. Pero al menos la mitad de las mujeres, no. Muchas eligen cubrirse la cabeza con telas de colores vivos —casi nunca el rostro— y usan blusas muy sueltas de manga larga y ancha con mismo estampado que sus pantalones. Otras combinan. El traje no combinado se llama kurta y el motivo típico del estampado son remolinos que representan el viento, junto a guardas geométricas. Lucen un colorido exuberante y florido que me lleva a pasar horas fotografiándolas. La mayoría acepta de buen gusto. Cierta veinteañera, con piedras de colores en el pecho,  también. Con una condición: “No la subas a redes sociales; mi hermano se enojará”.


El mercado de Dushambe. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE. Tayikistán, 2022.

A una señora con pañuelo azul en la cabeza y vestido verde con estampados amarillos, le pregunto una dirección. Es una profesora de inglés de 77 años con todos sus dientes enchapados en oro. “En la era soviética eran moda y muy baratos; los tengo hace cuarenta años y no se me ha caído uno solo. Ahora sería imposible pagarlos”, dice con su sonrisa amarilla, fulgurosa. 


Si bien gobierna un rey sin corona desde 1992 —quien, además, prepara a su hijo para sucederlo—, en Tayikistán no hay monarquía. Sí gustan las coronas y el oro: en un edificio blanco y vidriado con arco islámico y arabescos se alza una torre cilíndrica rematada por una corona dorada. Algunas chicas van por la calle con coronas de cristal. 

También es moda en ellas tatuarse las cejas: se las depilan y luego se las trazan con tinta. No usan esmalte de uñas por cierta rutina que impone el islam: deben lavarse bien, purificarse, antes de comer y rezar. Esto supone pasar casi todo el día enjuagándose manos y pies. Para purificar de veras, el agua debe tocar todo el cuerpo, algo que el esmalte no permitiría. Por eso usan el henna: tiñe la piel pero no la aísla.

Acá en los “estanes” —Uzbek, Kazak y Tayik— el islam es light, tamizado por la Revolución Rusa. Frente a esto, Arabia Saudita destina millones de dólares a construir mezquitas hasta en el pueblo más remoto de la región: se las reconoce por una plaquita del “Gobierno de Arabia Saudita”. Además, invitan a los imanes tayikos a La Meca con todo pago y los internan en escuelas coránicas de las que salen más conservadores. Al independizarse de Rusia, comenzó un revival islámico en la región que potenció la disparidad de género. 


Comercios de ropa en Dushanbe. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE, Tayikistán, 2022.

Consigo una cita con Umed Babakhanov, editor del diario Asia Plus. Después de perderme en el laberinto del vecindario, encuentro la redacción detrás de una Torre Eiffel de 20 metros de altura con un restaurante en la última planta. 

Babakhanov es amable pero parco. Mide cada palabra antes de soltarla; se cuida. Tiene miedo. Le comento que en el libro El Imperio, Ryzard Kapuscinsky da a entender que estas ex repúblicas soviéticas eran colonias. Él dice que no exactamente —no había un virrey extranjero—, “pero las decisiones importantes se tomaban en Moscú”. Pregunto si es verdad que Tayikistán posee la tabla periódica completa de Mendeléyev. Dice que es un eslogan para inversionistas, pero quizá sea cierto. Y que casi toda la inversión extranjera es china. Desconoce que su país produzca mercurio. Confiesa que hay temas sensibles sobre los que no puede publicar. Sobre su escritorio tiene el diario de ayer. Le pregunto por la foto de tapa, un grupo de soldados de pie sin hacer nada en particular. La noticia es que el Gobierno ha lanzado un plan de reclutamiento: “Uno de los grandes problemas es que no consiguen soldados; a algunos los sacan a la fuerza de las universidades o los levantan por la calle y los incorporan”. 

Sé lo que no puedo preguntar y él no puede responder. La autocensura funciona perfecto: no pregunto, él no responde. La charla se diluye sola, como agua desperdiciada en la arena.


Para hablar sin limitaciones debo hacerlo con algún exiliado. Humayra Bakhtiyar es periodista y tayika, vive en Hamburgo y tenemos un encuentro digital. Por primera vez escucharé a alguien del país no bajar la voz al nombrar al presidente Rahmón. En 2008 Bakhtiyar comenzó a publicar en el diario Ozodagon sobre corrupción y despotismo gubernamental. No tardaron las amenazas. 

—En octubre de 2015 ya no andaba sola por la calle. El Gobierno estaba tratando de que dejara de publicar, presionando a mis editores. Era seguida a toda hora por gente de la seguridad del Estado: uno aprende a reconocerlos. Cierto día estaba en mi oficina del diario Asia Plus y agentes secretos vestidos de civil entraron a controlar quiénes estábamos adentro. Mi editor se dio cuenta del peligro y dijo que me quedara allí; él me llevaría a casa. Luego bajé a ver si se habían ido; pero estaban esperando. Entré corriendo. Por la ventana vi que se comunicaban por handy. Hice llamados y vinieron periodistas amigos a protegerme. Los empleados de seguridad me dijeron que las cámaras no funcionaban. Salimos a la calle en dos autos y nos siguieron tres autos sin placa. Estuvimos dos horas dando vueltas y fuimos a la policía a hacer la denuncia. No la quisieron tomar. Querían que yo fuese sola a hacerla. Colegas con contactos averiguaron que esa noche había un grupo de nueve hombres con orden de secuestrarme y hacerme lo que quisieran: torturarme, violarme o matarme. Estuve escondida dos semanas. Para colmo, no puedo confiar en todos mis colegas; algunos espían para el Gobierno. Mi editor recibió un ultimátum: o me despedía o cerraban el diario. Puso el diario antes de mí , desafortunadamente. No tuve más alternativa que exiliarme. En Alemania comencé a publicar en Deutsche Welle y Periodistas sin fronteras sobre el Gobierno de mi país, que intentó extraditarme. 

—¿Seguiste escribiendo sobre Tayikistán en Alemania?

—Al principio sí. Como venganza comenzaron a presionar a mi padre. A menudo lo iba a buscar la policía y lo detenía unas horas. Lo obligaban a llamarme por teléfono para hacerme callar. Esto le generó un infarto. Pero yo quiero seguir hablando sobre mi país; aunque sea en el extranjero, quisiera no tener miedo. 

—Conocí a un alemán que está recorriendo Tayikistán en bicicleta: hace dos días tuvo que volverse de la región del Pamir: no lo dejaron entrar.

—Hay conflicto hace décadas allí; la minoría étnica pamira es discriminada y sufre violaciones a los derechos humanos. Esta semana hubo nuevas protestas pidiendo la libertad de los detenidos durante un episodio en noviembre pasado: un miembro del Gobierno había molestado por la calle a una mujer pamira y un grupo de jóvenes se lo recriminó. Uno fue arrestado y apareció muerto a balazos. La gente salió a la calle, algo que está prohibido,  y el Gobierno cortó Internet por meses. La situación venía tensa y esta semana explotó en masacre. Esto pasa cada diez años en el Pamir y las autoridades los acusan de terroristas. El Gobierno dijo que hubo siete muertos; pero sabemos que fueron al menos treinta. Y mandó un comunicado a Asia Plus prohibiéndole publicar sobre el tema. El diario publicó la carta agregando “desafortunadamente no publicaremos nada sobre Pamir, porque si no seremos cerrados”.

—¿Hay oposición y elecciones?

—Cada siete años hay elección presidencial. La última fue en 2020.  Emomalí Rahmón obtuvo el 92 % de los votos, y le otorgaron el título “Líder de la Nación”: puede gobernar de por vida. Su hijo fue nombrado Ministro de Turismo con 20 años de edad; luego lideró la Oficina Anticorrupción y ahora es Intendente de Dushambé. Antes de traspasarle el poder, Rahmón quiere controlar la situación en Pamir, región que mantiene militarizada. Las ex repúblicas soviéticas son como monarquías. Lo mismo pasa en Uzbekistán, Kazakstán, Turkmenistán, Kirguistán, Azerbaiyán y Bielorrusia, donde Lukashenko quiere dejarle el Gobierno a su hijo.

—El sistema económico cambió y el político no. El premio Nobel de literatura ruso Alexander Solzhenitsyn dijo en 1992 que “el régimen que nos gobierna no es sino una amalgama de vieja nomenklatura, tiburones financieros, falsos demócratas y KGB (…) no puedo llamarlo democracia, es un híbrido repugnante que no tiene precedentes en la historia (…) si esta alianza vence, nos explotarán no setenta, sino ciento setenta años”.

—Las figuras son las mismas que hace treinta años. Ahora trabajan como “partidos democráticos”; cambiaron el sistema, pero no las personas. Tenemos un parlamento y hay dos tipos de partidos de oposición. Una es la verdadera y la otra los “partidos de bolsillo” trabaja para el Gobierno dando imagen de pluralismo. Los verdaderos opositores están presos o exiliados. La mayoría se va a Alemania y Rusia, donde Putin los termina encarcelando. Hay varios activistas tayikos presos allí; el más famoso es Mahmadruzi Iskandarov, líder del Partido Democrático, condenado a 23 años. Muchos tayikos emigran a Rusia a trabajar. Incluso allí, por postear en Facebook un artículo de algún medio europeo pueden ser condenados a nueve años. En Rusia hay diez tayikos detenidos por un simple “like”.


La entrada a un edificio de gobierno con la imagen del presidente Emomali Rahmon. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE. Tayikistán, 2022.

—¿Qué pasa en las prisiones?

—Son muy muy duras. Nadie ha entrado allí a verificar nada en veinte años: ni siquiera la Cruz Roja. Usan la tortura. En Dushambé cada semana me enteraba de un caso. Si eres preso político te harán de todo. Al Partido Islámico lo declararon terrorista aunque estaba en el parlamento. Y no lo era. La mayoría de sus dirigentes fue arrestada y torturada en un solo día. En la cárcel tienen una celda de medio metro por lado donde solo se puede estar de pie o de rodillas. También los picanean y obligan a firmar declaraciones bajo amenaza de violar a sus hijas. A veces detienen a mujeres de su familia por usar hiyab y amenazan con violarlas si lo siguen usando. 

—¿Tayikistán produce mercurio? Quisiera entrevistar a algún funcionario, pero me han dicho que debo enviar una carta pidiendo permiso al Ministerio de Asuntos Exteriores. 

—Si ya entraste como turista, te diría que ni intentes enviar esa carta porque podrían creer que eres espía y es muy peligroso. Y, aunque te diesen una acreditación, no conseguirías nada de información.

—El año pasado Tayikistán fue el mayor exportador mundial de mercurio. ¿Por qué lo ocultan? Bolivia lo importa legalmente desde tu país. Está en los registros. Es extraño que el Gobierno no diga nada.

—Me sorprende el dato de tal magnitud. Sabía que producimos mercurio en Anzob. Talco es la gran empresa estatal minera. Pero no es uno de mis temas. Recuerdo que en 2010 hubo dos tayikos presos en Afganistán por tráfico ilegal de mercurio. Quizá el Gobierno niega la producción por razones de imagen, al ser el mercurio muy contaminante. 


Una de las miles de imágenes de Emomali Rahmon que se encuentran en el país que gobierna. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE. Tayikistán, 2022.

Le envío un mensaje a la empresa Talco diciendo que soy un comprador de mercurio desde Bolivia. Responde una tal Zulfira, a secas: “Estimado señor, somos productores de aluminio, no trabajamos mercurio”. Le repregunto si sabe qué empresa lo vende y dice: “No tenemos idea”.

Decido hacerle caso a Humayra. No tiene sentido informarle al Gobierno en una carta lo que vine a investigar. Es peligroso y el papel de todos modos no abriría puerta alguna. Me quedo diez días caminando por la calle con perfil bajo, conversando con quien me salga al paso y con miembros de oenegés. Un azar me sienta frente a una mujer de 50 años que viste ropa moderna y domina el inglés. Le pregunto sobre algo que vengo observando en la región: hay cierta nostalgia en los mayores sobre la era soviética. Ella me lo reafirma:

—Sí: hay nostalgia. En mi colegio tenía compañeros pobres y les daban vales para comer gratis y les asignaban colonias de vacaciones. En los años 80 todo era barato y la comida era rica. Ahora hay de todo, pero no hay plata. La gente se volvió individualista. Antes, lo que no se podía comprar por caro, era lo importado: la ropa de Bulgaria, por ejemplo. Cuando mi papá compró un auto, la KGB le preguntaba de dónde había sacado la plata. Ahora, si una familia tiene veinte autos nadie dice nada. Antes todos tenían que vivir igual y la calidad de vida era muy buena: la educación, la medicina, los servicios públicos, la ropa, los restaurantes; todo era de calidad. Al mismo tiempo, éramos considerados los “musulmanes brutos” de la URSS. Cuando nos independizamos tuvimos una crisis muy grande: casi no teníamos gas ni luz.


Memorial de la segunda guerra mundial en la capital de Tayikistán. Imagen de Julián Varsavsky/Revista LATE. Tayikistán, 2022.

Es mi último día en Dushambé, sábado a medianoche. Camino bajo una lluvia de otoño en pleno centro y veo una barrendera por cuadra, en calles principales y aledañas, con escoba de paja (usuales en esta parte del mundo). Garúa grueso desde hace largo rato. Pero ellas están muy activas a pesar de ser las 12 de la noche y quién sabe hasta qué hora. Sin ese trabajo, la pasarían peor. Miles de tayikos emigran a Rusia a barrer asfalto, durmiendo a veces en cuartos de veinte personas. El Gobierno, a falta de opciones, apuesta por la minería para —algún día— despegar. El mercurio, en comparación con otros elementos de la tabla periódica, es marginal en esta economía. De todas maneras, los funcionarios eligen no hablar. Tayikistán “no produce” mercurio, tampoco lo importa, pero lo piensa seguir exportando.

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