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Historia Publication logo August 9, 2021

La lucha del guardián del matico contra el coronavirus

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MÁSCARAS. Gerardo Chasoy é um artista indígena do povo Inga e Kamentsa, localizado em Putumayo, Colômbia, na fronteira com o Peru. Foto: Duber Rosero / OjoPublico
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This project will investigate how the pandemic affected the life, security and community relations...

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Foto de David Diaz.

Esta historia también está disponible para leer en inglés y portugués.


Llevaba tres semanas enferma, cuando decidió levantarse de su cama en busca de agua. Lastenia Canayo García dio el primer paso, luego, el siguiente y, después, apenas uno más. Recuerda que todo le daba vueltas, cuando de pronto vio que una mosca quería atacarla. Intentó alejarse y tropezó. Ya en el suelo, cuenta, reconoció que no era un insecto el que la había acechado, sino un ibo (como llaman su idioma al dueño o guardián de las cosas) del coronavirus. Horas más tarde, aún con fiebre, empezó a plasmar al guardián de la nueva enfermedad en una tela de tocuyo. “Los ibos no son buenos ni malos, son guardianes de la naturaleza; pero sí castigan a los que se portan mal, a los que le faltan el respeto a las plantas”, explica.

Según la tradición shipibo-konibo, los indígenas usan dos nombres: uno de acuerdo a las leyes peruanas, que llaman nawan jane (nombre de mestizo o foráneo); y otro en su lengua originaria, janekon (nombre verdadero). El de Lastenia -artista que nació en la comunidad Roaboya del Bajo Ucayali, en Loreto- es Pecon Quena, que significa “la que llama los colores”.


La artista del pueblo shipibo-conibo Lastenia Canayo García ha pintado para esta serie periodística “Los ibos del matico y el coronavirus”. Foto de David Diaz.

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Pecon Quena fue formada en el grafismo del arte kené, como parte de la tradición del pueblo shipibo-konibo, una etnia conocida por la belleza de sus artesanías y textiles. A los 8 años realizaba trabajos en cerámica (chomos, mocahuas, callanas) bajo la instrucción de su abuelo, el curaca Arístedes García, y su madre, Maetsa Rahua, que significa “la que ve un sonido”. También a esa edad aprendió a pintar y bordar. Y, aunque suspendió la práctica durante un tiempo por temas familiares y económicos, años después una oportunidad le devolvería a sus orígenes.

A los 60 años, la artista vive en una casa de madera en el asentamiento humano Roberto Ruiz Vargas, en el distrito de Yarinacocha (Ucayali), con su hijo mayor y su nuera. Allí, produce bordados, cerámicas y pinturas que se exhiben en importantes galerías y museos del país e, incluso, en el extranjero. Pero la pandemia, explica, lo ha cambiado todo.

No solo enfrentó al virus en dos oportunidades -enfermó en abril del año pasado y, de nuevo, en marzo último- sino también el duro golpe económico, por la falta de espacios para comercializar sus piezas. “Esta situación es un atraso para nosotros, ya no puedo vender en galerías, solo a través de amigos que me llaman por algún pedido especial”, cuenta.

Esas dificultades no la han alejado del pequeño taller que tiene en casa. Allí, por las tardes, pinta a los dueños del coronavirus y el matico, mientras escucha el vaivén de las plantas y el croar apabullante de las ranas. “Dibujo a los ibos que viven con nosotros. Cada ser vivo tiene un dueño, un guardián que lo protege -detalla-. Yo los veo caminando, los veo junto a nosotros. Lo que hago es plasmarlos para que las demás personas que no son indígenas puedan verlos como nosotros [los shipibos]”.

Un talento único

Luisa Elvira Belaúnde, antropóloga y docente principal de la Universidad Mayor de San Marcos, explica que la gran mayoría de los indígenas Shipibo-Konibo son artistas, pues se les enseña a bordar, pintar y trabajar la arcilla desde niños. Lastenia Canayo, sin embargo, es una pionera de la pintura figurativa de la cosmovisión de este pueblo. “No aprendí mirando a otros, aprendí sola, con mi imaginación”, cuenta ella.


“Yo dibujo a los ibos que viven con nosotros. Cada ser vivo tiene un dueño, un guardián que lo protege. Yo los veo caminando”, nos dice. Foto de David Diaz.

Hoy, la artista se encarga de representar a los ibos (dueños o guardianes de la naturaleza) y a los yoshin (diablos), seres que viven con ellos. Sus conocimientos, precisa la historiadora María Belén Soria Casaverde, provienen de la tradición oral de la cultura Shipibo-Konibo. Así, la obra de Lastenia expresa el mundo mágico espiritual de los Joni (hombre shipibo–konibo) y, en general, del hombre amazónico relacionado con la naturaleza; en un lenguaje contemporáneo.

“Sus obras expresan una particular forma de comprender el mundo, llamada ‘ecosofía’ por [el filósofo y ambientalista noruego] Arne Naess y [el antropólogo sueco] Kaj Arhem. Esa conducta de vida ha permitido a los shipibo-konibo coexistir en armonía con el ecosistema amazónico, que hoy sufre la depredación del materialismo occidental carente de todo respeto por la naturaleza”, sostiene Casaverde.

Los ibos que retrata Pecon Quena son de origen animal, como “El dueño de la avispa”, “El diablo del maquisapa” y “La diabla del pájaro picaflor”. Pero también de origen vegetal. Estos están relacionados a tres tipos de plantas: árboles maderables, como el “Diablo de la Lupuna”; plantas con propiedades terapéuticas poseedoras de rao (sagradas en shipibo), como el “Dueño de la sangre de grado”; y plantas comestibles, como los dueños de la sandía o el limón.

“A través de su arte nos muestra la necesidad de relacionarnos amistosamente con los dueños de la naturaleza. Lastenia es una mensajera, una traductora de la cosmovisión shipibo-konibo, que nos muestra cosas que no se ven con facilidad, si no es en los sueños, una sesión de ayahuasca o en la profundidad de la selva”, señala la antropóloga.

Pero su trabajo no siempre fue así. En 1986, cuando Pecon Quena retomó su labor artística realizaba cerámicas con grafismo kené, que vendía a los turistas en el puerto de Yarinacocha. La oportunidad para mostrar su talento se presentó en 1997, cuando el historiador peruano Pablo Macera Dall'Orso la invitó a trabajar con él en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

“Una amiga me presentó al congresista [Macera]. Él me pidió que dibujara las cosas que veo en la Amazonía, y retraté a un ibo. Le expliqué que era un dueño de la naturaleza, le sorprendió y me quedé a trabajar con él por siete años [hasta el 2004]”, recuerda la artista.

Tres años después de esa pintura inicial, Pecon Quena presentó sus retratos de los ibos en una exposición nacional del proyecto Madres / Niñas de Unicef, en el Seminario de Historia Rural Andina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que reunió a diversas artistas indígenas.

La experiencia la animó, años más tarde, a publicar “Los Dueños del mundo Shipibo”, un libro que recopila 104 relatos orales de los ibos. Y, con el tiempo, sus piezas empezaron a integrar exposiciones del Museo de Arte Contemporáneo de Lima y el Museo Nacional de la Cultura Peruana y otros espacios artísticos como la feria Ruraq Maki, del Ministerio de Cultura.

Los ibos de la pandemia


La artista cuyo nombre en su idioma es Pecon Quena pinta el alma de la planta en la que cientos de indígenas hallaron refugio durante la enfermedad: el matico. Foto de David Diaz.

Pecon Quena describe al matico, una planta medicinal que utilizó para aliviar los síntomas de la Covid-19, como el “protector del mundo indígena”. Esta planta es utilizada ampliamente por los shipibos-konibos en baños de vapor e infusiones. En Ucayali, incluso, un grupo de jóvenes voluntarios agrupados en el Comando Matico visitan a los enfermos indígenas por el nuevo coronavirus para ofrecerles ayuda.

Este pueblo, compuesto por alrededor de 32.900 indígenas que viven en las riberas del río Ucayali y sus afluentes en las regiones de Loreto, Ucayali, Madre de Dios y Huánuco, es la cuarta etnia más afectada por el SARS-CoV-2 de acuerdo al Ministerio de Salud (Minsa). Hasta el 11 de julio, la Sala de población indígena con Covid-19 registraba a1.247 contagiados. Sin embargo, los especialistas explican que existe un importante subregistro.

“Este reporte solo contempla a las personas que asistieron a algún establecimiento de salud o fueron tamizadas en campañas de detección de la enfermedad. Hay un gran vacío en el registro de casos, porque la mayoría de las personas, principalmente indígenas, no asisten a los establecimientos de salud, solo van cuando la enfermedad es crítica”, explica la especialista en salud intercultural de Ucayali, Juana Montoya.

Lastenia y su familia, por ejemplo, no acudieron al hospital cuando enfermaron pese a la gravedad de su estado. Los centros de salud estaban colapsados. “Todos nos tratamos en casa, usando plantas medicinales. Al ibo del matico lo conozco hace tiempo, siempre ha convivido con nosotros, es como un hombre con rostro misericordioso, tiene el color de la tierra porque es el protector del pueblo indígena”, cuenta.

Aunque tiene temor de sufrir un nuevo contagio, la artista indígena tiene dudas de la vacuna contra la Covid-19 y dice que quiere recibir mejor información sobre cómo funciona. La misma situación se repite en diversas comunidades de la Amazonía. Hasta el 12 de julio solo se habían vacunado a 392 indígenas de las 47.622 personas programadas en la región Ucayali, donde vive la artista.

Pecon Quena cuenta que cada vez que cierra los ojos ve al guardián del coronavirus, tratando de acercarse a ella. “Vienen espíritus resplandecientes como moscas que se pegan hacia nosotros. Pero no son moscas, sino el dueño de la enfermedad”. Por eso, cuenta, sigue tomando té de matico y cumple de manera estricta con las medidas sanitarias.