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Historia Publication logo August 9, 2021

Los sueños awajún revelaron la llegada de la peste

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MÁSCARAS. Gerardo Chasoy é um artista indígena do povo Inga e Kamentsa, localizado em Putumayo, Colômbia, na fronteira com o Peru. Foto: Duber Rosero / OjoPublico
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This project will investigate how the pandemic affected the life, security and community relations...

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Foto de Yanua Atamaín.

Esta historia también está disponible para leer en inglés y portugués.


Aviones. Muchos, volando como pájaros enormes en el cielo. Eso soñó el joven artista Wilder Allui antes de que el coronavirus invadiera su comunidad. A él, un artista awajún de 26 años, le recordaba a una película de ciencia ficción donde los buenos combaten a los malos. En su sueño, los árboles del bosque se convertían en aviones y se enfrentaban a las aeronaves malvadas que pretendían destruir su hábitat. Las balas quedaban suspendidas en el aire y el combate se hizo intenso en el cielo, hasta que los invasores fueron derrotados y huyeron. Abajo, en la tierra, Allui y el resto de habitantes celebraban el triunfo de los suyos.

Ese día, al despertar, el joven le preguntó a su padre qué significaba aquel sueño. El sabio de la comunidad de Soritor, ubicado en la región nororiental peruana de San Martín, en la frontera con Ecuador, le respondió sin titubear: “Habrá problemas, vendrá una enfermedad”. Días antes, Allui había escuchado que, en otra comunidad, alguien había soñado con un fuego ardiente que arrasaba las casas y los árboles del bosque. La gente entraba en pánico y se lanzaba al río, pero el fuego los perseguía hasta en el agua. Algunos se salvaron y regresaron a su comunidad; pero muchos fallecieron.

Allui le consultó a su padre por ese sueño del que había escuchado y la respuesta de su progenitor fue similar: “Va a caer una enfermedad, habrá muerte”. Desde entonces, Allui y los indígenas de Soritor sabían que llegaría una plaga, pero desconocían cuándo y la forma que tendría. La llamaron yamajam jata wainchatai iyaje, que significa “una nueva enfermedad desconocida ha llegado” en lengua Awajún. Sin embargo, al inicio [en marzo de 2020, cuando la enfermedad se empezaba a expandir en las ciudades] se sentían protegidos por las enormes distancias que los separaban de los pueblos apach (mestizos).


En este cuadro el artista Wilder Allui representa la importancia de los saberes y la conexión con las plantas ante la amenaza de la muerte que trajo el coronavirus al pueblo awajún, en Perú.

Los familiares de Allui habían escuchado que la Covid-19 era como una gripe, con dolor en el pecho, pero que la gente no se moría. Así se lo contaron a Wilder. Por eso, sintiéndose a salvo, jugaban fulbito en la comunidad y se reunían a tomar masato, una bebida a base de yuca. Nadie había enfermado aún. Pero, con el transcurrir de los meses, en junio del año pasado, llegaron noticias desde la cuenca del río Marañón: la gente empezaba a enfermarse y a morir. El virus se instaló en Soritor y “empezamos a caer”, dice Allui. Asustados, se encerraron en sus casas para salvarse.

Ahora, que ha pasado un año y medio, y Perú tiene una de las tasas más elevadas de mortalidad en el mundo, Allui dice que ya entendió su sueño: los aviones que peleaban por ellos eran las plantas del bosque. “Las plantas pelearon contra la enfermedad”, señala. Pero esa lucha no fue fácil. En el camino cargaron muertos, heridos y tuvieron miedo. Mucho miedo de dejar este mundo.

¿Cómo fueron esos días? Para esta serie periodística, el artista pintó un lienzo donde expone la lucha del pueblo awajún contra el coronavirus, representado por un cráneo de ojos rojos que expulsa hilos de sangre hacia el bosque y sus criaturas. Las plantas se imponen como escudos protectores.

“Todo eso me lo mostró la ayahuasca, que es waimatai (el camino en awajún)”, dice el pintor. En el sueño al que lo llevó la ayahuasca, Allui estaba parado en medio del bosque y buscaba al virus. “No sabía cómo era, no conocía su rostro, solo recordaba que esta enfermedad avanza como el viento, hasta que apareció su cara”. Cuando retornó, empezó a dibujar sin detenerse. Lo único que hizo fue seguir la ruta de su propio sueño.

El virus que cortó el aprendizaje

Wilder Allui Ukuncham no se llama así para el Estado peruano. En su documento nacional de identidad (DNI) figura como Wilder Gómez Ukuncham, varón de 26 años. La razón de la confusión es un asunto del registro de sus antepasados que vivían en la cuenca del río Marañón. Su abuelo paterno, Mayán Allui, no tenía estudios; pero sí su hermano Eduardo, que al momento de registrarse se cambió de apellido porque creyó que sus hijos se avergonzarían de sus orígenes indígenas, cuenta el joven artista. “Por eso se puso Gómez, un apellido de los apach (mestizos)”.

Un día, cuando su tío abuelo Eduardo Gómez decidió ir a registrar a sus hijos a la ciudad, el padre de Wilder Allui le pidió que lo registrara también a él como su hijo. Quería tener un DNI para poder recibir beneficios del Estado peruano. Entonces, cuando nació Wilder, su padre lo registró con el apellido que figuraba en su DNI: Gómez. Wilder heredó ese apellido mestizo, pero dice que para su comunidad siempre será de la estirpe Allui.

La comunidad donde vive Allui se encuentra a la vera del río Soritor y pertenece al pueblo awajún. Con una fuerte tradición guerrera, es el segundo pueblo más numeroso de la Amazonía peruana, que se localiza principalmente en Amazonas, y se extiende hasta el norte de San Martín, Loreto y Cajamarca.

El Ministerio de Cultura señala que la población de las comunidades del pueblo awajún la conforman 65.828 personas. Pero, la pandemia ha arrebatado muchas vidas.


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Según la sala situacional de pueblos indígenas del Ministerio de Salud (Minsa) actualizada al 14 de julio de 2021, el pueblo awajún es el más afectado por la pandemia y reporta 7.442 contagiados. De esa cifra, 1.755 casos se ubican en la región San Martín, 166 de estos en el distrito Awajún, donde vive Allui. En su comunidad, Río Soritor, el Gobierno estima apenas cinco casos confirmados, pero él cree que son muchísimos más.

La misma fuente del Minsa, actualizada al 14 de julio de 2021, indica que en todo el país fallecieron 142 indígenas amazónicos, de los cuales solo diez pertenecen a la región San Martín. Allui no cree en esas cifras, porque ha visto morir a muchos ancianos de su comunidad y alrededores. Ese ha sido el mayor impacto del coronavirus: llevarse a la mayoría de los sabios del pueblo, a quienes llaman muun en su lengua. Son personas kakajam (fuertes, valientes), que les enseñaban a los niños y niñas sobre sus antepasados y la cultura Awajún. Cuando mueren, dice Allui, los dejan a mitad de camino en esa transmisión de aprendizajes. “Esa es nuestra gran pérdida. No nos lograron transmitir sus grandes conocimientos, se lo llevaron a la tumba”.


La ceramista awajún Sekut Peas Tuits elabora vasijas en las que preparara las infusiones de kión y otras hierbas para aliviar el malestar de la enfermedad ellos llamaron iinia chicham.

Los muun fueron los primeros afectados por el coronavirus. Como cayeron enfermos, dejaron de ir a la chacra, ya no sembraban plátanos ni yuca. Tampoco cazaban en el bosque. Pronto se acabaron los alimentos y el dinero que obtenían al vender sus productos agrícolas a los apach (mestizos). “Así comenzó el sufrimiento de la comunidad”, recuerda Allui, quien precisa que, con la partida de los sabios, los jóvenes como él se sintieron huérfanos, solos. “La comunidad se quedó en silencio”.

A los muun les siguieron las mujeres líderes y los hombres jóvenes. Todos se contagiaron con ese virus invisible. “La vida se volvió difícil”, dice Allui. El cambio se notaba en la cotidianidad: los hombres se cansaban con facilidad, no podían trabajar en la chacra como antes, cuando araban la tierra hasta el atardecer y, sin descansar, pescaban en el río con anzuelos. Al llegar a casa, bebían agua fría.

“Ahora nadie hace eso”, lamenta Allui. No pueden recoger café en medio de la lluvia porque les duele el pecho y se cansan rápido. “Antes trabajaban en medio de la lluvia, pescaban en medio de la lluvia, salían a cazar en la noche”, recuerda. Pero ahora, si salen al campo, inmediatamente sienten mareos. No pueden tomar agua fría ni bañarse con agua fría. “Hemos dejado de ser lo que éramos; nos hemos convertido en otras personas”.

La transformación, para él, comenzó la primera semana de julio de 2020. Al inicio solo eran rumores de una enfermedad que golpeaba a las comunidades vecinas. Allui se preocupaba porque no sabía cómo lo atacaría a él, hasta que ocurrió. Primero sintió un fuerte dolor en los ojos, visión borrosa, escalofríos, dolor de cabeza, cansancio y fiebres altas. “Pensé que moriría, porque decían que no tenía cura”, relata.

En ese período, sus padres, hermanos y amigos lo cuidaron como a un niño. Ellos ya habían superado la enfermedad, y no temían contagiarse de nuevo. Le preparaban bebidas calientes con plantas medicinales del bosque: kaip (sacha ajo), ajeg (jengibre), chuchuhuasi y sanango. Esos remedios lo combinaban con baños de vapor a base de plantas medicinales, que le quitaron la fiebre y los dolores de cabeza. Solo quedaron los escalofríos, que pudo superar con reposo absoluto.

Arte para salvar la memoria awajún

Wilder Allui dice que dibuja desde que estaba en el vientre de su madre. Para defender esa idea indica que estaba predestinado a ser artista, que lo llevaba en la sangre y en las manos. “Desde muy pequeño agarraba los lápices y dibujaba. Ya pensaba en la pintura desde bebé”, dice el joven artista que ha plasmado la llegada del coronavirus a su pueblo y la lucha contra esa enfermedad, en una pintura que acompaña este artículo.


“Al pintar le doy fuerza y vida a nuestra cultura, a nuestro bosque”, dice Wilder Allui, en su comunidad ubicada en la cuenca del río Soritor, en la región San Martín.

Los inicios de Allui en el arte no fueron fáciles. No tenía un maestro que lo orientara, solo recuerda que iba al bosque, se enamoraba de alguna ave y regresaba corriendo a casa para dibujarla en unas hojas de cuaderno. Dice que hacía garabatos, pero no se desanimaba porque “lo que es para ti, lo amas y no puedes dejarlo, aunque otros te digan que no”.

Cuando ingresó a primero de secundaria conoció al profesor Abraham, un maestro que pintaba y que fue un guía para Allui. “Quería pintar como él, por eso al terminar la clase corría a casa para imitar sus dibujos”, cuenta el pintor Awajún. En esa época no se preocupaba por el sentido de lo que hacía; era un fluir al ritmo de los lápices y las témperas.

Pero las cosas se complicaron y dejó de estudiar a los 14 años. Se fue a Chiclayo a trabajar hasta que, tres años después, volvió a Río Soritor. La primera persona con la que se cruzó fue el profesor Abraham, quien al verlo se sorprendió y le dijo unas palabras que fueron un impulso para Allui. “Tú tienes talento para el arte, te voy a enseñar, pero termina de estudiar”. Más tarde, cuando culminó la secundaria, un día se preguntó quién era, mientras pintaba. “Soy un artista”, se dijo para sí.

Desde entonces, no ha dejado el arte ni un solo día. En algunas ocasiones, para inspirarse recurre a la ayahuasca (datem en awajún), una planta usada tradicionalmente en la Amazonía peruana para zambullirse en un viaje espiritual. En esta ocasión, el resultado fue un cuadro que expone, con muchos detalles, la lucha del pueblo awajún contra el coronavirus, representado por un cráneo de ojos rojos que expulsa hilos de sangre al bosque y sus criaturas.

Muy cerca, un indígena awajún con mascarilla se sostiene de un árbol de ayahuasca que emite una luz amarilla, como un escudo protector. Detrás del hombre sobresalen unos largos árboles con rostro de animales, que observan expectantes al virus. Una de las ramas de esos árboles termina en una lanza, el símbolo de la férrea defensa de las plantas contra el SARS-CoV-2.

La imagen fue concebida en medio del viaje de Allui. “Todo eso me lo mostró la ayahuasca, que es waimatai (el camino en awajún)”, dice el pintor. En el sueño al que lo llevó la ayahuasca, Allui estaba parado en medio del bosque y buscaba al virus. “No sabía cómo era, no conocía su rostro, solo recordaba que esta enfermedad avanza como el viento, hasta que apareció su cara”. Cuando retornó, empezó a trazar sin detenerse. Lo único que hizo fue seguir la ruta de su propio sueño.

Como en esta ocasión, la fuente de inspiración de Allui siempre ha sido la naturaleza que lo rodea. Se hizo pintor dibujando el bosque de Río Soritor, a los animales salvajes, plasmando el espíritu de las plantas. Ahora -dice- solo está registrando, con sus trazos, un pedazo de una historia trágica, pero también de “resistencia, de lucha de nuestras plantas medicinales contra un enemigo mortal”.

El artista dice que las plantas los ayudaron a enfrentar al coronavirus y poco a poco han retornado a sus labores habituales en Río Soritor. Por ahora él trabaja con unas artesanas de la comunidad, que fabrican accesorios con semillas naturales. El siguiente paso será construir un centro de exposición y venta de esos productos. Además, Allui realiza traducciones del idioma awajún al español, pinta y escribe poemas y canciones con temas basados en el mundo indígena amazónico.


El artista awajún dice que también quiere combatir las mentiras en torno a la pandemia y la vacunación con el arte de sus pinturas.

Ahora ya no solo plasma el universo de su comunidad, sino también los problemas que atraviesa. Allui cree que el arte es un vehículo de cambio. “Pensé en qué podía hacer desde donde estoy, y descubrí que puedo alertar desde la pintura -cuenta-. Me gustaría que mi comunidad despierte y no siga silenciada”. El artista Awajún enumera las tragedias que persiguen a su pueblo: violaciones de menores, invasión de tierras por parte de los apach (mestizos), corrupción, minería ilegal.

Pero hay otros desaciertos que también observó durante la pandemia, como que el Estado entregue bonos en las ciudades. “Hasta los que estaban enfermos se levantaron de la cama para ir a cobrar. Han sido un gran foco de contagio”, indica. Aunque lo más preocupante es la avalancha de desinformación en torno a las vacunas. Ha escuchado que los antígenos han sido creados para exterminar a los indígenas, para despojarlos de sus tierras y entregárselas a los apach (mestizos).

Todo eso quiere combatir con el arte, mediante sus pinturas. Allui sabe que, como el poder de las plantas del bosque, él también cuenta con un arma poderosa, capaz de transformar su comunidad. “Al pintar le doy fuerza y vida a nuestra cultura, a nuestro bosque”. Entonces, quiere devolverle a la naturaleza el regalo que le hizo al dotarlo con el arte.

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