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Historia Publication logo Septiembre 21, 2022

Pardo Anciano de Acero

País:

Autor(a):
A forest in Peru.
Español

La confluencia de una crisis económica y humanitaria debida a Covid-19 ha revertido los frágiles...

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En la Amazonía peruana, los espíritus tienen raíces y troncos que resisten como el metal más pesado. Una periodista se adentra en la manigua para conocer al shihuahuaco, un gigante pardo de la jungla que ha visto nacer y morir a toda la fauna y flora de su territorio. Ahora, estos árboles se ven amenazados por el rugido de las motosierras y la demanda mundial de su resistente madera. 


Es tan dura la madera del shihuahuaco (del género dipteryx) que en el mercado internacional se conoce como “ironwood”, pues es igual de resistente que el acero. No hay árbol que se le asemeje. Crece firme y frondoso, aferrándose poderosamente al suelo de la selva amazónica con unas raíces que se extienden como cortinas a varios metros por encima del suelo. Puede llegar a vivir más de un milenio; en promedio, un árbol de 150 cm de diámetro tiene alrededor de 1260 años y puede alcanzar más de 40 metros de altura. Ya estaba de pie cuando los vikingos conquistaban Groenlandia y siglos antes del surgimiento del imperio inca y del descubrimiento de América. Esta longevidad es crucial para los científicos que estudian el bosque porque lo describe a través de los siglos.

El shihuahuaco no es, evidentemente, cualquier árbol. No hay termitas que lo muerdan y su tronco es de un pardo grisáceo a pardo amarillento profundo. Su densidad es de 0.87-0.92 g/cm³. Solo los odorata de Brasil lo superan en densidad con 0.92 g/cm³, porque en Brasil todo es más seco y, por ende, más duro. Las maderas que flotan, como lo ha mostrado románticamente Hollywood con todas esas películas sobre leñadores de los bosques templados de Norteamérica, se pueden transportar fácilmente por territorios donde abundan los ríos, pero esa vía se cierra al shihuahuaco, cuya madera, debido a su peso, se hundiría sin remedio en el lecho acuático. Y esto implicaría que para sacar esos troncos gigantescos del bosque sería necesario abrir caminos amplios por los que puedan pasar grandes camiones. 


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Dentro de aquel bosque amazónico todo está vivo e interconectado en un complejo sistema de organismos que han evolucionado juntos. Por eso es imposible imitar la estructura natural del bosque y la diversidad; significa que hay epífitas y leguminosas, palmeras productivas, helechos y otra flora diversa que atrae a los polinizadores y se lleva bien con la fauna. Y por eso al musgo y a los líquenes les fascina posarse sobre la corteza vieja y rugosa del shihuahuaco, en las escamas que se le desprenden, dejando huellas impresas. 

En los bosques del distrito de Las Piedras, en la zona suroeste de la cuenca amazónica, frontera del Perú con Brasil y Bolivia, quedan tan pocos shihuahuacos adultos que para encontrar alguno hay que andar en la espesura de la selva, cruzar pozas de agua estancada teñida de colores oscuros –entre la humedad de las hojas y un lodo espeso que te succiona las piernas–. Y aun emprendiendo tan dura travesía, es posible que no encuentres ninguno. 

Dar con un shihuahuaco adulto en el bosque no está garantizado por el simple hecho de transitar a lo largo del mismo. Y es que, a pesar de que estos especímenes tan longevos han soportado trastornos climáticos, ocupaciones humanas, guerras mundiales e incendios, no han podido sobrevivir a la apetencia de los leñadores armados con sierras mecánicas. Ocurre que la mitad del valor de la madera que Perú exporta es de una sola especie: el shihuahuaco.


No es fácil seguir el paso raudo de un guardabosque tan audaz como Niery Tafur, quien transita por la densidad de la selva amazónica como si circulara por una aterciopelada alfombra de hierba salvaje. 

–Yo he crecido entre castaños, cuidando la chacra, recogiendo arroz y castañas. Siempre me ha gustado el monte. Yo le digo a mi madre que ella tiene la culpa porque fue quien me trajo aquí. Cuando pasas tanto tiempo en el bosque, se te pegan los sonidos de la selva –me dice conforme caminamos kilómetros y kilómetros hacia la profundidad de la manigua.


Mariposas beben las lágrimas de las tortugas taricayas en los bosques de Las Piedras, en el departamento peruano de Madre de Dios. Imagen por Michael Tweddle/El Malpelsante. Peru, 2022.

Junto a otros guardias forestales que pertenecen a una organización no gubernamental y que tienen entre 21 y 40 años, Niery transita hectáreas completas de bosque ubicadas a lo largo de la cuenca del río 

Las Piedras vigilando y asegurándose de que no se produzca ninguna actividad ilegal en la zona. Pero los peligros acechan en cada rincón.

Adentrarse en la jungla profunda con el propósito de encontrar un shihuahuaco adulto supone ratos amargos que implican una transpiración desenfrenada; bichos que te vuelan directo a los ojos, nariz y boca; chillidos de animales que no puedes ni nombrar, y momentos en los que el aire se torna asfixiante. Hay arbustos con peinados graciosos y lianas trepadoras que se apoderan de los árboles viejos hasta ocultarlos por completo. Hay infestaciones de orugas y hormigas neurotóxicas como las izulas, cuyas picaduras producen escalofríos y taquicardia. Hay espinas y serpientes venenosas que se camuflan debajo de pilas de hojas secas y unos ácaros tan minúsculos que se alojan en el cuerpo, capaces incluso de permanecer en tu piel por días y producirte una terrible picazón. Están las larvas de los escarabajos gigantes y los destellos azules metalizados iridiscentes que brotan de las mariposas morfo azul, que te hacen olvidar todo lo feo. Es un infierno y un paraíso a la vez. Puedes alzar la vista y penetrar el dosel hasta contemplar el cielo profundamente azul o puedes sentir cómo el fervor de la selva te aniquila. 

Para llegar hasta la cuenca baja del río Las Piedras, hemos navegado en motor fuera de borda durante casi tres horas, surcando las aguas marrones donde no penetra la luz. En el camino hemos visto tortugas taricayas tomando baños de sol mientras varias especies de mariposas se posan en sus ojos para beber las sales que contienen sus lágrimas. También hemos visto bandadas de guacamayos rojos y verdes (Ara chloropterus) volando hacia una collpa a la que acuden para comer arcilla. Sus graznidos dejan un eco que permanece en el aire como una resonancia. Igual que algunas especies de loros, los guacamayos también anidan en las cavidades de los shihuahuacos más altos. Una vez que eligen sus nidos, los reutilizan y les dan mantenimiento para que puedan habitarse mientras el árbol sigue en pie; incluso por décadas o siglos si no es talado antes. Como resultado, cientos de polluelos de guacamayo pueden nacer a partir de un solo árbol durante su vida. 

Intentar entender la escala de tiempo en la que viven los shihuahuacos es darse cuenta de todas las generaciones que nacen y mueren junto a este fundador del territorio. Es entender que en una sola década estallan burbujas tecnológicas y virus cibernéticos, se extinguen rinocerontes, bucardos y miles de otras especies de fauna, se crean corazones artificiales y se desintegran transbordadores espaciales, desaparecen islas, ocurren terremotos y tsunamis, guerras y huracanes, brotes de gripe porcina y revoluciones digitales. Y si multiplicamos ese periodo por cien, tenemos el tiempo que un shihuahuaco puede estar de pie bombeando mil litros de agua al día y almacenando toneladas de carbono. Si un árbol de 460 años con 70 cm de diámetro almacena 5 toneladas de carbón, entonces uno de 1500 años con 175 cm de diámetro almacena 55 toneladas aproximadamente. 


Tanto en la tupidez de la jungla como en el río vamos siempre atentos. La selva no es un lugar en el cual puedes transitar distraído; puedes perderte; toparte con madereros, traficantes, mineros ilegales, flechas impregnadas de curare, animales e incluso con el chullachaqui o juanequillo, como llama Niery al enano con los pies disímiles que deambula por el monte. Dice que es un duende avispado que puede transformarse en cualquier persona –generalmente en un amigo cercano– y que esconde los pies para no delatarse, ya que tiene un pie humano y otro de cabra –parecido en parte a los sátiros de la mitología griega y a los faunos de los romanos–. 

–A veces, andando por la selva encuentras lugares bien limpios, como si hubiesen pasado por un machete. Esa es la casa del paisita o juanequillo, y generalmente hay una lupuna cercana. El espíritu de la selva vive dentro de los árboles –asegura Niery. 

En estos bosques, donde la luz tiene dificultades para penetrar, la mirada se pierde con facilidad. Hay caminos que no conducen a ningún lugar y la sensación de que algo se oculta es constante. 

Tras varias horas de caminata ininterrumpida, un grupo de larvas de ahuihua que avanzan unidas formando una criatura negra y espeluznante se desplaza e interrumpe el camino. Observarlas de cerca suscita emociones encontradas, pues no puedes dejar de mirarlas y a la vez se te escarapela todo el cuerpo mientras las observas. De acuerdo con lo que cuentan los guardabosques, cuando esos gusanos se te cruzan en el camino es porque está a punto de pasar una manada de huanganas o “chanchos de monte”. Por un instante se me ocurre que van a pasar rozándonos. Pero, en vez de eso, Niery abre paso por el camino con su machete afilado hasta alcanzar una brecha iluminada por un claro. 


Una cría de mono araña y su madre transitan por las ramas de un árbol en los bosques de la Amazonía peruana. Imagen por Michael Tweddle/El Malpelsante. Peru, 2022.

Aquí se detiene porque hay que atravesar un pozo de agua profunda y ennegrecida donde se reflejan los troncos de los árboles salpicando destellos de luz. Apenas ponemos un pie dentro del agua estancada, se nos hunden las botas hasta las rodillas. Por ratos parece que las botas van a ser succionadas por el lodo concentrado. Pero en vez de eso se siente cómo el agua tibia alcanza la piel. Cada paso que alcanzamos a dar sin hundirnos por completo es una conquista. Vamos lento, escoltados por las nubes de mosquitos y el paso acertado de Niery, quien camina mientras imita la vocalización de larga distancia del pichico, mono de pelo negro jaspeado con tonos marrones y una ligera barba blanca. Luego hace una señal para que guardemos silencio. Oímos a un grupo de monos a lo lejos. Por fin podemos sacar las piernas de la lagunilla turbia. 

Según advierten, estamos cerca de la zona donde los guardabosques han visto a un shihuahuaco que supera el milenio. De acuerdo con Dasheel Flores, otro guardabosques de 24 años que ha explorado la región desde niño, tiempo atrás estos bosques estaban repletos de árboles emergentes que ahora no se ven con tanta facilidad. 

–Antes estos bosques eran otra cosa: shihuahuacos por aquí y por allá, caobas, cedros, lupunas, fauna. Ahora, para ver esos árboles y los animales hay que andar días enteros por rincones inalcanzables –asegura Dasheel. 

Durante años, el shihuahuaco se mantuvo seguro, ya que se resistía a su tala quebrando las incisivas cuchillas de las motosierras. Pero eso cambió con la llegada de las cortadoras modernas que lograron penetrar las costillas de la base del árbol –o contrafuertes– en la etapa del derribo. Hoy es la especie con mayor valor comercial en el Perú. Al año se talan 184.000 shihuahuacos, es decir, 504 árboles por día, 21 por hora. Y con cada árbol tumbado, caen los nidos de varias especies de aves y los frutos que alimentan a miles de murciélagos frugívoros (Artibeus) que comen sus frutos –pelotas ovoides y carnosas–, los cuales, al ser mordidos, botan semillas que son dispersadas debajo de las perchas donde se alimentan. 

Según me cuenta Niery, mientras nos detenemos frente al longevo shihuahuaco, para los pobladores de los bosques amazónicos, el espíritu que vive dentro de un árbol no es un espíritu de los muertos sino del espacio vegetal; debes hablar con él, acercarte y confiar. 

De noche, estos murciélagos de ojos grandes y rostros anchos y tímidos salen de sus agujeros, grutas y cuevas y vuelan largas distancias transportando las semillas en sus hocicos. Mastican la cáscara y succionan el jugo con ayuda de la lengua. Pueden volar desde cientos de metros hasta varios kilómetros, desde sus refugios hasta detectar los árboles con frutos. Al caer, muchas de las semillas son devoradas por las ratas espinosas, los añujes y las ardillas: todos depredadores de semillas de shihuahuaco. Solo las aisladas –que tienen una ventaja en supervivencia y son las semillas que mejor saben ocultarse– son las que eventualmente pueden regenerarse recibiendo la luz de los claros. Aun así, el ritmo de crecimiento de un shihuahuaco es tan parsimonioso que solo para crecer medio metro de diámetro demora más de 300 años. 

Mil años de crecimiento. Eso es lo que vemos cuando finalmente alcanzamos ese escondrijo de la sabana boscosa donde se levanta un shihuahuaco imponente. Sus robustas raíces emergen del suelo formando los enormes contrafuertes, las aletas que sostienen mil años de crecimiento vertical capaz de alcanzar los rayos del sol por encima de todos los otros cientos de especies arbóreas de la selva. Arriba de las aletas de tres metros de altura, el tronco alcanza casi metro y medio de diámetro. 


Los directores de la ONG Junglekeepers, Dina Tsouluhas y Paul Rosolie, y la autora se resguardan bajo las aletas de un enorme shihuhuaco. Imagen por Michael Tweddle/El Malpelsante. Peru, 2022.

Su corteza áspera y lenticelada está invadida por lunares, arrugas, manchas de vejez, escamas que se desprenden y una cantidad de vida que trepa sin cesar: desde líquenes que se forman cuando un hongo y un organismo fotosintético tienen un encuentro íntimo hasta lianas que se enredan como culebras en la piel porosa del árbol. Estas trepadoras necesitan agarrarse de algo para seguir creciendo, entonces se sostienen con espinas o zarcillos aferrándose al gigantesco árbol que puede estar de pie por más de mil años. 

Eso y su colosal tamaño hacen que abrazar a un shihuahuaco no sea fácil. Conviene más cobijarse entre sus aletas, levantar la vista e intentar alcanzar ese espacio abierto y luminoso que se asoma entre el ramaje o simplemente admirar su verticalidad. Hay quienes incluso los escalan. Es el caso del agrónomo y arborista italiano Andrea Maroé lleva años protegiendo y dando a conocer los árboles más grandes del planeta a través de la fundación Giant Trees. Maroé comparte información sobre estos arbolazos y también se sube a ellos. Ha escalado más de 10,000 árboles en el mundo: desde un castaño localizado en Sicilia de más de 3,000 años de edad al que han llamado El Castaño de la Nave hasta un árbol de la familia de las araucarias endémico de la isla del norte de Nueva Zelanda llamado Tane Mahuta Lord of the Forest. En Sudamérica ha escalado al Pie Grande en la región de Yaracuy en Venezuela y a la Abuela Jolanda que se alza en la región de la Araucanía, al sur de Chile. 

Este año, Maroé divisó de manera satelital a un prominente árbol que sobresalía en la selva de Madre de Dios. Inmediatamente contactó a Tatiana Espinosa, ingeniera forestal y directora de la organización Arbio –enfocada en la protección de los shihuahucos desde hace más de quince años–. Coincidentemente, Tatiana soñaba con poder escalar alguno de los árboles milenarios que aún sobreviven dentro de la concesión de 916 hectáreas de bosque que protege. Viajaron hasta allí y juntos escalaron al Tayta, un viejo shihuahuaco de 54 metros al cual le atribuyeron 1000 años de vida o incluso más. 


Según me cuenta Niery, mientras nos detenemos frente al longevo shihuahuaco, para los pobladores de los bosques amazónicos, el espíritu que vive dentro de un árbol no es un espíritu de los muertos sino del espacio vegetal; debes hablar con él, acercarte y confiar. 

–Da miedo verlo caer –dice mientras pasa la mano por el tronco rugoso. El proceso de tumbarse a un árbol tan monumental es sin duda algo parecido a un evento apocalíptico. 

En muchas de las leyendas, tradiciones, supersticiones y recopilaciones mitológicas amazónicas del reino vegetal, cuando un árbol se siente amenazado por un hacha tiembla o emite un sonido abrumador que ensordece a los taladores. De acuerdo con el investigador Matti Kamppinen, autor del ensayo “Espíritus Incorporados: The Roles of Plants and Animals in the Amazonian Mestizo Folklore”, publicado en 1988 en el volumen 8 del Journal of Ethnobiology, un joven curandero llamado Julio Siri le transmitió hace muchos años cómo a través del espíritu de un árbol es posible curar. “Hay enfermedades graves que uno no resiste y que requieren del conocimiento de la ciencia de los árboles. Las enfermedades no las cura uno mismo. Se curan siguiendo una dieta y con la ayuda de las plantas. Cuando preparas una cura por primera vez, debes pedirles ayuda a todas las plantas, pero si las conoces muy bien, basta con hablarles”, aseguró el hombre de la selva. 

Una noche, en una pizzería de Puerto Maldonado, Nelso Chira, de 45 años, quien trabaja como censor recorriendo la jungla en busca de árboles maderables, me confesó que cuando cortas un shihuahuaco la mente te juega malas pasadas. 

–Escuchas que te saluda, que te llama por tu nombre, que la Madre Tierra te habla –me dijo mientras relataba sus experiencias en el bosque. 

Al final de la noche concluyó que, a pesar de haber sentido miedo en varias ocasiones, nunca le ha pasado nada, y que mucho más les teme a los humanos que a los demás seres que transitan por el bosque. 

–Es mejor toparte con un espíritu del bosque que con los criminales que creen que la vida no vale nada. 

Ocurre que, a lo largo y ancho de estas hectáreas y hectáreas de bosques aparentemente intocados, la mayoría de especies duras han sido taladas y ya no se encontrarán caoba ni cedro. Según los científicos, el shihuahuaco podría extinguirse en menos de 10 años. La actividad forestal no regulada ha llevado a esas especies “preciosas” a una extinción local. Y con esa pérdida, el bosque ha perdido parte de sus pulmones, parte del cuerpo diverso y múltiple con el que cumple sus funciones: su ciclo de captura de carbono y exhalación de oxígeno, vida y diversidad para todo el planeta. 

En el 2013, el volumen extraído de shihuahuacos fue veintidós veces mayor que el 2000, y en el 2018 se identificaron cerca de 4 mil m3 extraídos ilegalmente. Tres años antes, el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor) reunió a un grupo de científicos y especialistas en el tema para revisar y actualizar la lista de flora silvestre amenazada. La propuesta final sostuvo que 705 especies debían ser incorporadas –61 de ellas en peligro crítico y 87 en peligro–, incluido el shihuahuaco. Hasta hoy, esta lista de especies amenazadas no ha sido oficializada.

El Perú continúa exportando la tala ilegal desde todos los puertos, de casi todos los exportadores y hacia todos los destinos. A finales de 2015 empieza la historia del Yacu Kallpa, un colosal buque mercante que llevaba la carga de madera ilegal más grande que se ha capturado en la historia de Perú (4 mil toneladas), sin acreditación de procedencia. Perseguido hasta por la Interpol, el buque cruzó el Brasil, el Caribe y el Golfo de México para desembarcar su madera ilegal en Tampico. Esta iba a ser comercializada libremente en el entorno de las burbujas de la industria de la construcción de la bullente ciudad de Guadalajara con la ayuda del lobby de empresarios agrupados en cámaras de comercio y diplomáticos agregados en misiones comerciales de México y el Perú. Todo en aras del mutuo desarrollo y crecimiento de las naciones hermanas. 

Ni Niery ni Dasheel conocen la historia del Yaku Kallpa, pero cuando se las relato no les llama la atención. Han crecido entre madereros. Y hoy, mientras estamos detenidos contemplando a este shihuahuaco vetusto, admiten haberse colgado de las lianas de uno de estos gigantes cuando eran niños o haber levantado la vista más de una vez para descubrir a un águila arpía anidando allí donde las ramas de los árboles se abren perpendiculares para que los pichones puedan abrir sus alas y volar. También recuerdan haberlo visto caer, y cuando evocan el terrible estruendo de la caída se tapan los oídos con las manos. Sus miradas se balancean entre el desconsuelo y la esperanza. Y es que antes de contemplarlo como ahora, el shihuahuaco ya estaba en su recuerdo. También estaba el claro del bosque consintiendo el juego entre la luz y la sombra y los senderos de la jungla que al final son uno solo y conducen a todos los lugares y a ninguno a la vez. 

No es casualidad que estemos allí los tres, entre la inherente penumbra de los árboles, ni que al abandonar el claro, para volver a sumergirnos en la espesura de la selva, caminemos durante horas sintiendo el peso de la humedad sobre nuestros hombros. Ni que poco antes de llegar al río donde espera nuestra embarcación, Niery nos detenga de golpe para que podamos oír el sonido lejano pero estridente de una motosierra que acaba de echarse a andar en medio de la jungla amazónica.